"Mirar las cosas de cara, ser capaces de sorprendernos, tener curiosidad y un poco de coraje; saber preguntar y saber escuchar; evitar los dogmas y las respuestas automáticas; no buscar necesariamente respuestas y aún menos fórmulas magistrales" (Emili Manzano)

viernes, 14 de febrero de 2020

PECADOS CAPITALES DE LA PSIQUIATRÍA: LA GULA (5/7)


Hoy gula se identifica con glotonería, el consumo excesivo de comida y bebida. En el pasado este pecado también incluía cualquier consumo excesivo que conducía a comportamientos destructivos. 

   Los hospicios medievales proveían cobijo a los pobres, los enfermos, los ancianos, los lunáticos, los indefensos y los perseguidos. Con el tiempo, estos albergues perdieron moradores que migraron hacia hogares de ancianos, hospitales terapéuticos, el sistema criminal. Aquellos incapacitados debido a trastornos mentales con frecuencia no encontraron un lugar a donde ir. Su número crecía mientras la urbanización reducía la oportunidad de ser tolerados como "el tonto del pueblo", pastor o ayudante doméstico de familias tan numerosas como para alimentar a uno más sin notarlo. El desarrollo urbano trajo el aumento del número de manicomios reservados para aquellos con comportamientos trastornados, los muy pobres y los gravemente incapacitados como para ser empleados en ninguna tarea.

   Con el tiempo, los manicomios se convirtieron en hospitales psiquiátricos que daban cobijo a los enfermos y a los recuperados total o parcialmente pero que no tenían donde ir. El número de los discapacitados crónicos sin lugar a donde ir creció mucho más rápido que el de aquellos con un trastorno agudo y condujo a la expansión de los hospitales que en ocasiones alcanzaron el tamaño de ciudades. Pilgrim State Hospital (Brentwood, New York) contó con 13.000 internos y aproximadamente el mismo personal; los hospitales psiquiátricos de Manila y Río de Janeiro contaron con más de 8.000 pacientes cada uno. El número de pobres e indigentes llevados a los hospitales también creció, particularmente en Europa. Los directores de los hospitales y los médicos que trataban con los trastornos mentales no estaban particularmente interesados en las razones por las que la gente era llevada a los hospitales. Con frecuencia, el ingreso era la única manera de prevenir la muerte por hambre, frío o abusos. El grado de discapacidad mental no era ni el único ni el principal criterio para el ingreso en los hospitales mentales: todavía no lo es en muchos países en vías de desarrollo. 



   En tiempos recientes, el internamiento en hospitales psiquiátricos se ha usado como castigo o vía preventiva de alejar de las calles y los medios a aquellos en desacuerdo con las políticas oficiales. La visita de un alto cargo extranjero puede ser razón suficiente para proceder a una hospitalización preventiva de aquellos considerados como difíciles. Personalmente tuve la ocasión de presenciar el internamiento preventivo en una unidad de subagudos de un indigente con esquizofrenia residual que solía acampar en los alrededores de la Plaza Sant Jaume, sede de la Generalitat y l´Ajuntament para la visita del Comité Olímpico Internacional previo a las Olimpiadas de Barcelona 1992.

   Una posible razón para esta conducta es la tradición de tratar y proteger los problemas sociales en los hospitales psiquiátricos. Sin embargo, no es menos cierto que los psiquiatras tampoco desean reducir el tamaño de sus instalaciones, pues la reducción del número de camas significa una pérdida de poder y recursos. No hay duda que los pobres, especialmente los discapacitados, están mejor en un hospital digno que en la calle; tampoco hay duda que el presupuesto para el hospital será mayor cuantas más camas existan y cuantos más pacientes o residentes las ocupen. La psiquiatría, sin embargo, pierde en este juego. Los ávidos desean más camas, más recursos, más personal, más influencia, pero como resultado transforman a la psiquiatría en algo diferente y alejado de las otras especialidades médicas. Los hospitales no pueden resolver problemas sociales; la masificación y el pobre cuidado que suele acompañarla reducen el respeto que la medicina y la población tienen por la psiquiatría. 




Pero tal vez la mayor expresión de un exceso de voracidad son las numerosas afirmaciones de la psiquiatría en terrenos en que el conocimiento psiquiátrico tiene poco que ofrecer. Los psiquiatras son requeridos para dibujar el perfil de hombres de estado, criminales o del famoso del momento que nunca han visto y aceptan hacerlo, aunque nada en su formación les capacite para hacerlo. Los psiquiatras realizan afirmaciones sobre el significado de comportamientos en un marco cultural que ni han estudiado ni están capacitados para estudiar. Los psiquiatras escriben sobre psiquiatría política, sobre la personalidad de las naciones, las razones de una guerra, el terrorismo, el movimiento de los Indignados. Mucho de lo que dicen parece razonable y mucho está en armonía con el modelo teórico que profesan. La avidez de autoridad en todos los aspectos de la vida, no obstante, no beneficia a una disciplina ni ayuda en centrar sus esfuerzos en las áreas que debería cubrir con brillantez.


   La psiquiatría debe deshacerse de las actividades para las que no tiene competencia ni recursos. La psiquiatría debe emerger menos difusa y mejor definida de este proceso, y cuanto antes lo haga mejor.

La virtud que corresponde a la voracidad es la templanza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario